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Vamos al estadio

Eran otros tiempos. Antes de llegar a la Universidad, vine una sola vez a Santiago, de visita, a la casa de mi tío Pato en la población Lo Hermida. Él sabía que yo era fanático del fútbol. Mi única entretención era jugar a la pelota, ir al estadio a ver a Curicó, viajar con el equipo a todos lados.

Mi tío, que solo tiene hijas, decidió armarme un panorama ideal para mi infantil expedición capitalina: ir a la cancha. En dos semanas fuimos a ver todo lo que pudimos. Unión Española contra Everton en Santa Laura. Colo Colo con Valdivia en el estadio Nacional. Tuvimos la suerte de ir a un clásico universitario, también jugado en Ñuñoa. Fuimos a un partido de Palestino que hizo de local en Plaza Chacabuco. Todo eso en dos fines de semana que fueron inolvidables para mí, en plena década del 80. Hacer eso hoy es imposible. No te dejan ver fútbol. Perteneces a un equipo y quedas esclavo para siempre. Si quieres ir a ver fútbol solo por el gusto de ver un buen partido, de apreciar a buenos futbolistas, de organizar un panorama familiar o personal, es casi imposible. Ya estás registrado en un club. No puedes ir a ver otro.

Los tiempos han cambiado. Se entiende que se tomen medidas de seguridad para impedir actos de violencia en los estadios. Prevenirlos, en el mejor de los casos. Tus datos quedan registrados cada vez que compras un ticket y está bien. Es obvio que la mayoría del tiempo el hincha asiste a la cancha a ver los partidos de su equipo, no de los rivales. Estamos de acuerdo. Por eso la conversación es más profunda que adquirir una entrada particular. Ya no vemos fútbol por gusto. El juego por el juego. Eso ya no existe y solo plantearlo parece una idea demencial. ¿Para qué quiero una entrada de un duelo donde no juega mi equipo favorito? Quizás para disfrutar el juego.

Cuando Jorge Robledo llegó a Chile para jugar en Colo Colo en la década del ’50, fue una verdadera revolución. El público asistía en masa a ver jugar al Gringo, este chileno que apenas hablaba castellano, que había sido campeón y goleador en Inglaterra. Leer las viejas crónicas nos permite comprender que asistían hinchas de otros clubes diferentes al cuadro albo. Iban a ver a Robledo. Ese fenómeno ocurrió con otros jugadores. A Leonel Sánchez no lo veían solo los aficionados a la Universidad de Chile. A Honorino Landa no lo seguían únicamente los hispanos. Alberto Fouillioux era admirado transversalmente.

Cuando entré a la Universidad, en el segundo lustro de la década del 90, aún podías ir a cualquier estadio. Iba a La Cisterna a ver jugar a Jaime Valdés. Seguí con admiración a José Luis Sierra. Asistí casi toda la campaña de Unión Española en Primera B con Juvenal Olmos como técnico. Aún no trabajaba. No era obligación ir al estadio. Era solo placer. Amor por el juego.

Este fin de semana vuelve el fútbol, en reuniones dobles en el estadio Nacional por la liguilla de la Primera B. Partidos muy atractivos. Verdaderas finales. Varios de los protagonistas son equipos de provincia, que tienen hinchas, aficionados o cercanos en la capital. Varios de ellos ya aparecen en los registros de otro club comprando entradas. Para ellos o para sus hijos. Si bien se les abre una ventana para asistir a esta liguilla, requieren previa inscripción. Pedir casi por favor que te permitan ir al estadio. Lo que antes era un placer, un derecho, ahora es un lío.

Ya no vamos al estadio solo por el gusto de ver un partido. Tampoco nos dejan. Todo es polarizado. Disfrutar el juego por el juego es una quimera. Un imposible. Una ilusión. Seguir creyendo en el buen fútbol se está convirtiendo en un acto de profunda rebeldía.