Experiencia estadio

Ni delincuentes, ni simios, ni lacras. Cuando el insulto se convierte en un lugar común entramos en un terreno sumamente peligroso. Cuando calificamos a distancia a los “verdaderos hinchas” cometemos un grave error de concepto. No se detiene la violencia en los estadios solo con el diagnóstico y la defensa de las causas ganadas. Porque contra la violencia estamos todos. Contra toda la violencia, no solo la que proviene de un solo lado.

La artillería pesada no distingue singularidades y ese es uno de los riesgos más grandes que se corre al generalizar. ¿El fútbol chileno pasa por una crisis de violencia? El país pasa por una crisis de violencia, una forma de tratarnos que antecede el 18 de octubre del 2019. Lo antecede por semanas, meses, años, décadas. En algún momento la violencia se convirtió en algo permitido en todas las esferas. El estadio es una de tantas. Cosa de darse una vuelta por nuestras calles (bastante falta le hace a varias autoridades y analistas) o echar un vistazo a las redes sociales, donde los mismos que protestan contra los encapuchados usan máscaras virtuales, ocultos en seudónimos estrafalarios y fotos que no corresponden a su identidad.

Los clubes chilenos toman medidas contra los actos violentos que ocurren en las gradas, apuntando a la reacción y no a las causas. Como siempre, pagan justos por pecadores, lo que es una increíble paradoja. La gran mayoría de los hinchas que acuden a los sectores estigmatizados del estadio (porque la diferencia social también se nota en eso), son pacíficos y van a alentar a su equipo. Quizás van a ese sector porque no pueden pagar otro, por ejemplo. Los violentos son minorías. Por años las autoridades saben quiénes son, como se llaman, la puerta por la que entran, la puerta por la que salen, sus alias, sus identidades. Lo saben las autoridades policiales y también la de los clubes. ¿Y qué hacen? En el caso de la Universidad de Chile, amenazan con prohibir el ingreso a cualquier persona que haya asistido a la galería sur. Sin distinción, estigmatizando, prejuzgando, metiendo a todos en la misma bolsa. Un aparente brochazo de autoridad, aplaudido por varios sectores, como si el pagar justos por pecadores fuera signo de ecuanimidad. Gestos como ese solo profundizan uno de los peores males de nuestra sociedad, el prejuicio y las etiquetas convertidos en lugares comunes. Delincuentes. Simios. Lacras. En Chile se encarcela la pobreza. A quienes han sido condenados por delitos de cuello y corbata, grandes fraudes o estafas, conspiraciones, colusiones (juzgados, condenados, sentenciados), no se les trata de delincuentes con tanta liviandad, aunque en rigor, lo son. Tampoco a quienes colaboraron en los días más oscuros de nuestra República. Pero al que asiste al estadio a una zona determinada, por supuesto que sí. ¿Hay violentos? Por supuesto. Universidad Católica determinó un par de ellos y les aplicó el derecho de admisión después de los incidentes del fin de semana en el duelo entre la UC y Ohiggins. Las herramientas están, es cosa de querer y saber usarlas, contra quienes corresponden.

En la edición del programa Todos Somos Técnicos de CDF de este jueves, invitaron al periodista chileno Michael Boys, de larga experiencia en eventos FIFA, a cargo de sedes en Copas del Mundo, Confederaciones, Libertadores, Champions, Eurocopa. Un especialista mundial en la materia. Boys dictó una verdadera cátedra respecto a la “experiencia estadio”, concepto que en Chile jamás ha sido tomado en consideración, pues se sigue actuando en base al prejuicio y la reacción. Como una cadena virtuosa, mejorar la experiencia estadio en toda su globalidad, llevó a países a terminar con la violencia en los estadios, no separando el fútbol de la sociedad, sino que integrándola. Destacó Boys que el mismo control social entre espectadores colabora en la pacificación. No habló de mayor represión, sino de la presencia de una policía privada especializada, el deber del Estado, recalcando que en Chile sí se han tomado medidas, con una Ley de Violencia en los estadios.

Michael Boys no habló de delincuentes, ni simios, ni lacras. No habló de soluciones parche, a corto plazo, ni respuestas inmediatas. Habló de un cambio de paradigma que involucra a todos quienes vivimos alrededor del fútbol. Los clubes, en su mayoría, reducen su ámbito de acción a cumplir con el cuaderno de cargos mínimos y culpar a todo el resto por lo que ocurre afuera, porque no es parte de su jurisdicción. La experiencia estadio incluye desde que el aficionado sale de su casa rumbo a la cancha, esperando ver un buen partido, con un ingreso expedito, con una revisión prolija pero no humillante, con servicios a la altura, con baños higiénicos, con un partido que comience a la hora acordada, que concluya con normalidad y con un regreso normal a su hogar o punto de destino. La experiencia estadio se enfoca en el aficionado que va al estadio a ver fútbol, no en el otro. Lo convierte en protagonista. ¿Es demasiado pedir? En otras actividades se puede. Pero acá buscamos segregar, separar, diferenciar, estigmatizar. Como ocurre con nuestros colegios, universidades, hospitales. ¿O no han escuchado que para muchos la solución es subir el precio de las entradas? Profundizar las diferencias, para que tengan acceso unos pocos a una actividad que antes era de todos.