Estadio vacío

Se volvió a jugar al fútbol en una de las grandes ligas mundiales. La Bundesliga, con extremas medidas sanitarias, hizo rodar la bola otra vez. En tiempos extraordinarios como los que vivimos por la pandemia mundial, es necesario realizar ajustes extraordinarios. Evitar los festejos, suplentes con mascarillas, sin saludo de capitanes ni foto inicial de rigor. Y sin público en las gradas.

Es cierto que el fútbol se convirtió en una de las industrias que más dinero mueve en el mundo, en buena medida, por los aficionados. Son ellos los que colman los recintos, llenan de color las gradas, compran camisetas y convierten en espectáculo un deporte que es muy simple de jugar. He leído y escuchado en estos días variados lamentos por la ausencia de la hinchada en los recintos o sus alrededores. “Sin público no hay fútbol”.
En rigor eso no es así.

Todos nos enamoramos de este juego en esos partidos improvisados que teníamos en la cancha de la población, el barrio o el colegio. Las ligas, los más pudientes. Apodábamos nuestra cancha como Maracaná. Bombonera, Bernabéu, San Siro, Wembley, nombres que le robábamos a la historia para creernos un poco más importantes. En esos partidos, en esos donde dejamos el alma y un poco más, no había gente. Casi nunca. En contadas ocasiones llegaban algunos a mirar una "pichanga" por ahí, con la secreta idea de ser invitados a sumarse. Si participábamos en un torneo, la concurrencia crecía, pero jamás, nunca, se acercaba a lo que se vive en una cancha de fútbol profesional, por pequeña que esta sea.

No nos enamoramos del entorno, aunque nos agrada. Somos parte de ese marco. No somos los protagonistas. El regreso al fútbol, en las condiciones posibles, no ideales, nos demuestra que los que estamos afuera, los que no jugamos o dirigimos, somos apenas actores secundarios en una obra donde los importantes siempre serán los que juegan y dirigen.
El regreso de la Bundesliga, con sus cinco cambios, con sus gradas vacías, con sus festejos cohibidos y algo torpes, con sus canchas vacías, nos vuelve a demostrar que lo único irreemplazable en este juego es la pelota.

Nada más.