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La pelota es mía

El deporte, en particular el fútbol, es una plataforma política. Incluso los más escépticos, aquellos que arguyen que no es recomendable mezclar el deporte con la política, ya dieron su brazo a torcer ante la avalancha de evidencias.

Fue muy común que los regímenes totalitarios, de todos los colores, usaran al deporte como una herramienta para extender su ideología. Porque la política desune, separa, todo lo contrario que el deporte, cuyas virtudes inherentes nos hablan de compañerismo, solidaridad y paradigmas transversales. Defender el deporte es, de una u otra forma, defender una causa ganada. Hitler lo hizo en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. Mussolini ya lo había realizado en el campeonato Mundial de Fútbol de 1934. Los países de la órbita soviética, tras la ficticia cortina de hierro, convertían a sus deportistas en verdaderos soldados, literalmente. Cuando los jugadores húngaros Férenc Puskas, Zoltán Czybor, Sándor Koczis, aprovecharon una gira de su equipo para asilarse en España, fueron considerados desertores por décadas. Por eso el juego de ajedrez entre Boris Spassky y Bobby Fischer, por el Campeonato Mundial de 1972, se promovió que una verdadera analogía al choque de los dos grandes bloques que se habían repartido el mundo occidental. Los medios presentaron al gris, serio, comunista y aburrido Spassky, contra el chico genio, norteamericano, capitalista y rebelde Fischer, una especie de Mick Jagger del tablero. La historia, que pone las cosas en orden más temprano que tarde, demostró que ninguna de las dos caricaturas era certera.

Ejemplos ideológicos hay cientos. Miles. Con la supremacía del modelo económico capitalista en el globo, la relación política - deporte cobró otra dimensión. Ya no sólo extendías una idea: ahora podías comprarla.

Silvio Berlusconi fue il capo di tutti en el Milán de los 80 y 90. El mejor equipo del mundo. Berlusconi ya tenía el poder económico, pero buscaba el poder político. Su estación intermedia fue el fútbol. La imagen del empresario exitoso se unía a la del estratega del deporte más popular del mundo. El salto a crear su movimiento político, Forza Italia, fue apenas un brinco.

Berlusconi ha sido cuatro veces Primer Ministro Italiano.

En este régimen cualquiera se puede comprar un club, en el país que sea. En los últimos treinta años hemos visto la construcción de los estadios más impecables del mundo, tan perfectos que dan miedo. El Manchester City, hace 15 años era un equipo del montón en Inglaterra. El Chelsea, antes de Abramovich, había ganado apenas una Liga.

En este lado del mundo comenzamos a creer que los países necesitaban modelos de gestión y elegimos mandatarios que reflejaran eso. Varios de ellos, con escalas en equipos de fútbol exitosos. Mauricio Macri fue por años el hijo de Franco Macri, hasta que encabezó el equipo del que fue hincha toda la vida (dato no menor). Boca Juniors fue el mejor equipo del país, del continente y del mundo. Además de una máquina de hacer dinero. Macri aparecía en la tapa de los diarios más que el Presidente de la República. Creó un movimiento político, ganó las elecciones de Buenos Aires y después llegó a la Casa Rosada.

Horacio Cartes en Paraguay, lo mismo. El hombre más rico del país, se consolida en el club Libertad, asume la Federación de Fútbol local y contrata a Gerardo Martino (para los paraguayos el Tata es lo que Bielsa significa para los chilenos). El paso siguiente era casi obvio: al Palacio de Gobierno.

El caso de Chile tiene sus matices, porque Sebastián Piñera entra al fútbol como accionista de Blanco y Negro siendo un reconocido hincha de la Universidad Católica. Legal y lícito, por supuesto. Lo hace con representantes en la mesa, pero nunca controlando la concesionaria que gestiona Colo Colo. Coincide con un período de gloria deportiva del Cacique.

Pero la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas no fue promulgada por Sebastián Piñera ni por un gobierno de derecha. Fue bajo el mandato del socialista Ricardo Lagos. Este sistema, el modelo de concesiones nacional, permite que cualquier persona adquiera la administración de un club.

¿Quién tiene en Chile los fondos suficientes para administrar un club? No muchos.

No todo ha sido malo, por supuesto. Los sueldos se pagan al día, al menos cuando el fútbol se jugaba regularmente. Los meses no duraban 63 días. La infraestructura interna de algunas instituciones creció, mejores campos de entrenamiento, aunque es justo decir que la mayoría de los estadios los remodeló el Estado. Con excepciones, claro está.

Todo este trayecto histórico, ideológico, político, económico, es para llegar al punto en el que estamos hoy en el fútbol chileno. Azotados por la pandemia mundial no se puede jugar. Es difícil elegir un momento más extraño para dar un Golpe de Estado en una actividad que no tiene actividad. Porque más allá de los errores cometidos por Sebastián Moreno en su administración al frente de la ANFP, variados y permanentes, el sentido de la oportunidad usado por quienes están digitando este cambio es inusual. ¿Otro timonel podría hacer algo diferente en estos días? ¿Por qué la urgencia del cambio?

La respuesta es mucho más simple de lo que creemos y fue expuesta en esta columna. Quienes administran hoy los clubes chilenos, en su gran mayoría, destituyeron a Harold Mayne Nicholls, eligieron a Jorge Segovia, aceptaron a Sergio Jadue, luego lo proclamaron, se resignaron con Arturo Salah, a regañadientes votaron por Sebastián Moreno y ahora le quitaron el piso. Responden de sus actos a los accionistas, con las escasas excepciones de los clubes que no son sociedades anónimas. Ante nadie más.

Quizás el problema no está en los presidentes o en sus directivas. Quizás está en el Consejo, quienes lo componen, su perfil, sus intereses propios, a quiénes responden y a quién no.

¿En definitiva, por qué sacan presidentes, en momentos estrafalarios (por decirlo de algún modo), cuando no se juega al fútbol en ninguna parte del mundo, con una llamativa urgencia?

Porque quieren. Porque pueden.

La ley, los estatutos de la corporación y el modelo económico, los ampara.

Así de sencillo.