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El penal más largo del mundo

Osvaldo Soriano escribió El Penal Más Largo del Mundo, acaso el mejor cuento de fútbol publicado en lengua alguna. En su relato el escritor y periodista argentino, fanático de San Lorenzo de Almagro y de los gatos, cuenta la historia de un pospuesto penal que le lanzan al Gato Díaz, el legendario portero del Estrella Polar en el duelo ante Deportivo Belgrano.

En El Miedo del Arquero ante un Penal, el escritor austríaco Peter Handke cuenta la historia del taciturno Josef Bloch, un portero retirado que debe batallar contra sus propios errores, que no son precisamente los cometidos en una cancha.

El penal, la sentencia máxima, los doce pasos, la pena más grave que señala el reglamento, es una maniobra que se nos queda en la memoria y se enquista en nuestros recuerdos más que cualquier otra. Quizás sea por su aparente disparidad, ya que el ejecutante tiene la supuesta ventaja para superar a un arquero que debe tratar de detener un remate en la inmensidad de su portería. Quizás sea porque la definición en tanda de penales aparece como la última herramienta para dirimir un partido o una llave que está empatada en goles. Lo cierto es que si hay algo que no olvidamos, son los penales.

Algunos penales se convierten en marca registrada con el paso del tiempo. Cuando un futbolista simula pegarle fuerte a la pelota y apenas la golpea, picándola, logrando que el portero rival se lance desparramado esperando un remate potente, se habla de un lanzamiento a lo Panenka, en honor a Antonín Panenka, el jugador checoslovaco que definió de ese modo nada menos que ante el alemán Sepp Maier en la final de la Eurocopa de 1976. Tiene intérpretes magistrales, como Sebastián Abreu o Lionel Messi, pero se sigue conociendo como una Panenka.

Están los que pierden penales y la historia se los recuerda cada año, como si fuera una efeméride, como si no fuera suficiente con el peso propio de un lanzamiento errado. Es una injusticia, pues se obvian las cualidades del ejecutante por culpa de ese penal perdido. Le pasa a Carlos Caszely en Chile, a Gonzalo Higuaín en Argentina, a Chris Waddle en Inglaterra a Roberto Baggio en Italia.

Están los penales que pasan a la historia por su magistral ejecución, como el de Matías Fernández contra Argentina en la final de la Copa América del 2015, un tiro que se elevó hasta el ángulo y que fue calificado por un estudio científico como el penal perfecto.

Están los lanzadores eximios, esos que rara vez fallan, como Charles Aránguiz, que le pega de diferentes modos y la pelota entra siempre.

Están los ataja-penales, esos arqueros que todo equipo desea tener y que ningún rival desea enfrentar. Esos que detienen penales con frecuencia, en instancias claves. Claudio Bravo en Chile es el exponente más reconocido. Sergio Goycoechea en Argentina construyó buena parte de su carrera por sus penales atajados en el Mundial de Italia 90.

El pasado domingo 4 de julio conmemoramos un lustro del penal más recordado y celebrado en la historia nacional. No fue una ejecución perfecta. No le pegó bien Alexis Sánchez, pero la pelota entró, ante la mirada de Sergio Romero, el arquero trasandino, que no podía llegar pues se lanzó esperando un fusilamiento por parte del delantero chileno. Esperamos cien años para ese gol y cinco años después de anotarse, lo seguimos celebrando. Con el respeto de Soriano, el de Alexis Sánchez es el penal más largo del mundo. Duró más que vivir un siglo.