La vida es eterna en 90 minutos

Nunca supe su nombre. Lo conocí simplemente como El Tata. No era el más viejo del equipo, pero llevaba ese apodo desde antes de cruzarme con él en la cancha de la población Guaiquillo de Curicó. Al final del pasaje, junto a la línea férrea, había un terreno baldío, un descampado. El espacio fue convertido prontamente en sendas canchas de fútbol. No crecía pasto sino más bien maleza. Piedras y tierra eran el soporte de la primera cancha donde muchos aprendimos a pegarle a la pelota. Dos arcos de madera y las marcas reglamentarias y largarse a jugar por horas y horas, sin importar relojes o responsabilidades.

El Tata tenía más de 50 años. Llegaba con su bolso cruzado, su camiseta amarilla pegada al cuerpo, sin importarle que el atuendo delatara su evidente sobrepeso. Se cambiaba los zapatos al borde la cancha y era el primero en entrar al terreno para moverse antes del inicio de cada pichanga.

Jugaba bien el Tata. No tenía la movilidad de los veinteañeros, pero siempre la pedía. Con un par de amagues se sacaba a uno de encima y pese a que jamás la echó a correr, le daba con precisión buscando a algún compañero mejor ubicado.

Ganara o perdiera, el Tata se despedía de todos los rivales. Nunca dejaba de sonreír al dejar la cancha. Guardaba sus cosas en el bolso y montaba la bicicleta rumbo a su casa a un par de pasajes de la cancha central de la Guaiquillo.

Dicen que era Carabinero jubilado. Que llevaba muchos años casado y que tenía un hijo que vivía en el extranjero. Nunca escuché a alguien decir una mala palabra sobre el Tata. Un caballero dentro y fuera de la cancha.

Una vez conversamos sentados en una banca de madera, esperando nuestro turno para jugar. Pese a la diferencia de edad me trataba como un igual. “Si tuviera todo el dinero del mundo, me compraría el equipo de la Población. Abriría la sede, invertiría en los camarines, le daría pega a un par de vecinos y fomentaría el deporte. ¿Cómo sabes, en una de esa terminamos jugando la Copa Libertadores?”, decía, terminando siempre la frase con una sonora carcajada.

El Tata dejó de jugar. La edad es una valla insuperable. Yo dejé de jugar. Me vine a estudiar a Santiago y nunca fui muy bueno. Pero nunca olvidé a ese hombre que, en caso de tener el dinero suficiente, no pensaba en lujos, en excentricidades o viajes exóticos. Él quería invertir su plata en el equipo del barrio, de la población. No quería ser famoso ni dárselas de filántropo. Sólo deseaba que el nombre de la Población Guaiquillo se extendiera, ojalá, a todo el mundo.

Arturo Vidal pensaba igual que el Tata. Cuando tuvo el dinero suficiente, lo invirtió en el club de su barrio, en el Rodelindo Román de San Joaquín. Con eso no cambió tanto su vida, pero sí cambió la de cientos que vieron abrirse una puerta que antes estaba cerrada. Porque no puedes pedir igualdad mientras la cancha sea dispareja. Vidal, como el Tata, sólo quería nivelar la cancha, aunque sea un poco, porque ese poco puede marcar toda la diferencia. El Rodelindo Román jugará en la Segunda Profesional este 2021. Vidal sueña con retirarse ahí, donde todo empezó y en una de esas jugar la Libertadores, igual que el Tata, que soñaba con jugarla con nuestro equipo de la Guaiquillo.