Adiós Gato, tú sí puedes volar alto

Para los que nacimos a finales de los 70, crecimos en los 80 y nos hicimos grandes en los 90, Mario Osbén es nuestro primer arquero. Parecía inmenso el Gato, pese a que medía 1.77. Tenía esa característica temeraria de lanzarse con todo, de reaccionar como si sus piernas fueran un resorte, como si fuera capaz de llegar a lugares donde sólo cabía la pelota. Bajo los tres tubos, el Gato crecía en tamaño y en capacidades.

El Gato es el arquero del bigote grueso y la boina perenne cubriendo su cabeza. Fue el mejor en una década de grandes arqueros chilenos. En los 70 atajaba hombres como Adolfo Nef, Leopoldo Vallejos, Manuel Araya, Enrique Enoch, Oscar Wirth, el argentino Hugo Carballo. El Gato fue el mejor entre un grupo de ilustres cuidavallas. Cuando éramos chicos más de alguno soñaba con dejarse el bigote en honor a este portero que se lanzaba a los pies, que no volaba si no era necesario, que se inclinaba hacia un costado para condicionar al lanzador de un penal. El portero que atajaba hasta el aire.

Mario Osbén nació y murió en Chiguayante, evocando el dicho que menciona que el destino siempre vuelve, inevitablemente, a su forma circular. Todo empezó y terminó en el mismo sitio. Comenzó custodiando el arco de Deportes Concepción, con pasos por Ñublense y Lota Schwager. Hasta que Unión Española lo trae a Santiago en un momento clave.

Los rojos fueron el equipo grande del país en el segundo lustro de los 70. Venían de ser subcampeones de América. Y el Gato respondió a cabalidad, adueñándose además de la portería de la Selección. Fue el arquero chileno en el subcampeonato continental de 1979. El dato es asombroso e injustamente olvidado: para las clasificatorias al Mundial de España 1982, Mario Osbén entregó su arco invicto. Cero gol. Ninguno. Nada. Literalmente, el Gato lo atajó todo en esa ruta al Mundial. Incluso su mala actuación en la cita de España es parte de nuestra memoria colectiva, porque se equivocó el que no se equivocaba nunca. Pero el Gato era tan grande que perdonarlo no fue tan difícil.

Fue campeón con Colo Colo cumpliendo campañas brillantes, hasta que llegó Roberto Rojas. Tan noble era Osbén que años después admitiría que le toco pelear el arco con uno de los mejores de la historia. Prefirió irse a Cobreloa. Una apuesta enorme. Y, otra vez, cumplió con creces. Ya maduro, menos volador, pero atajador como siempre, el Gato supo ser campeón y también ídolo en el desierto, donde todo cuesta tanto.

Lejos de las luces y los aspavientos, de las declaraciones rimbombantes y la patética búsqueda de la primera línea noticiosa, el Gato Osbén dejó de jugar y se fue a su casa. A Chiguayante, donde falleció un domingo de verano lleno de nubes, quizás un resabio de la pena que nos inunda.

En la pichanga de la población, del barrio, donde jugar con arcos de verdad era un lujo, donde armábamos porterías imaginarias con piedras, chalecos, mochilas, el que iba al arco siempre era el Gato Osbén. Adoptaba su apodo, su nombre, su imagen. “Yo soy el Gato Osbén”, decía el portero de turno. Protegiendo ese arquero imaginario, en el área imaginaria, con las líneas imaginarias, en nuestra infancia imaginaria en un país que no parecía un país de verdad.

Adiós Gato. Gracias por hacernos creer que el arquero era el más importante de todos. Que ir al arco no era un castigo, sino un premio, porque ahí jugaba el mejor de todos, el del bigote perfecto, el de la boina eterna. Vuela alto Mario Osbén, tú si podías hacerlo.