Históricas

Crecí en un país, en una ciudad, en una población, donde no era común ver mujeres en el estadio y menos chutear una pelota. Otro Chile, otro mundo. Ir al estadio era un reducto masculino, anquilosado en una tradición que suponía que el fútbol era un juego destinado exclusivamente a los varones.

La primera mujer futbolera que conocí se llamaba María y era mi abuela. Cuando íbamos al estadio La Granja en Curicó era la única mujer en la micro y la única voz femenina en la grada. No crean que María no se enfadaba con el equipo cuando jugaba mal o cuando el árbitro cobraba en contra nuestra. María no entendía eso de que las señoritas y señoras tenían que hablar diferente. Una puteada bien puesta era, para María, un ejercicio justo, necesario y sanador.

Cuando el equipo rival ingresaba a la cancha era recibido con una rechifla estruendosa por parte de la afición albirroja. Mi abuela, en cambio, los aplaudía, sea quien fuera el adversario de turno. Intrigado le pregunté un día por qué lo hacía. “Sin ellos no hay partido. Para jugar un partido se necesitan dos equipos. Ellos quieren ganar tanto como nosotros”, fue su respuesta, contundente y legendaria. Recuerdo esa sentencia hoy, desde la caseta, la cabina, detrás de un teclado, juegue mi equipo o la selección: se necesitan dos equipos en la cancha. Sin rival no hay fútbol. Eso merece respeto y, si tienes el alma demasiado noble como María, un aplauso.

Con el tiempo María dejó de ser la única mujer en el estadio. Su sumaron más y más, la mayoría niñas y jóvenes. Estudié en Liceo de Hombres, así que recién en la universidad pude conocer mujeres que amaban el fútbol tanto o más que yo. Las oficinas de redacción deportivas tienen aún pocas mujeres, pero ya no son tan escasas como a finales de los 90, cuando empecé a trabajar en esto y no había casi ninguna. Lo mismo en las clases de periodismo deportivo. Las aulas tienen cada vez más mujeres interesadas en el rubro.

María no pudo estar viva para un evento que parecía imposible. Mañana una selección de fútbol femenino disputará por primera vez unos Juegos Olímpicos. La mayoría de ellas ya jugaron una Copa del Mundo. Es decir, treparon a lugares donde nadie había llegado. No sólo vencieron rivales en la cancha, sino que todas, individualmente y en conjunto, superaron prejuicios y vallas. Cada una ya ganó su partido cuando se atrevió a hacer algo que parecía destinado sólo para hombres, una ley no escrita, una doctrina incomprensible. Ya no eran parte de lo exótico. Ahora son respetadas y seguidas. Sin regalías, sin prebendas. Se lo ganaron. Buena parte de ese recorrido está detallado en el documental Históricas, de Javiera Court y Grace Lazcano, un trabajo imperdible.

¿El resultado en cancha? No lo sabemos. Ojalá sea bueno. Pero ellas ganaron un partido mucho más relevante, contra el prejuicio y la intolerancia. Ellas lo entendieron todo, como lo entendió María hace varias décadas atrás, con todo su inmenso amor y sabiduría.