Tenemos que hablar de esto

Emiliano Cabrera era oriundo de Santa Rosa, un pequeño villorrio en el Departamento de Canelones en Uruguay. El lateral izquierdo que jugó en Boston River y Juventud Las Piedras decidió a los 27 años que no quería vivir más. Una semana antes su compañero de profesión Williams Martínez, también uruguayo, con recorrido en equipos chilenos como Palestino y Huachipato, también decidió quitarse la vida. En febrero de este año, Santiago "Morro" García, delantero uruguayo, goleador histórico del club argentino Godoy Cruz, partió por voluntad propia.

La depresión en el deporte de alta competencia está más presente de lo imaginado. Está presente entre profesionales anónimos que no aparecen en las principales portadas, pero también en figuras que, aparentemente, lo tienen todo alrededor. Los deportistas no son ajenos a los trastornos de salud mental, en un mundo convulsionado por la pandemia, revuelto, con pocas certezas y muchas dudas, donde el concepto del éxito está ligado a los títulos conseguidos, al auto último modelo o a la cantidad de ceros en la cuenta bancaria.

Tenemos que hablar de esto.

La depresión, ya sea pasajera, profunda o permanente, se suele conversar con extrema liviandad y a menudo desde espacios donde abundan los lugares comunes. Aún se percibe como un asunto ligado a la voluntad, al deseo de sentirse bien o a una energía que mágicamente te lanza hacia arriba o te derrumba al pozo más profundo. Uno de los principales líos que encuentra la depresión es que es muy difícil de comprender porque es casi imposible de explicar. A menudo no hay razones tangibles o concretas que expliquen un estado depresivo. Y aún existe la errada noción vincula a la depresión con la felicidad. Por eso, cuando una persona reconocida decide quitarse la vida, desde afuera se anuncia, con profunda ignorancia, la enorme sorpresa pues la persona tenía, aparentemente, “todo en la vida”. Y no tiene nada que ver con lo material, lo externo o el concepto de éxito que a menudo proviene de terceros. Es un ancla interna que en el caso de estos tres jugadores uruguayos llegó a instancias tan dramáticas como irreversibles.

La semana pasada se cumplieron 26 años de la muerte de Raimundo Tupper, un futbolista, un hombre que, aparentemente, lo tenía todo. Y quizás lo tenía. Es probable que el "Mumo" estaba consciente de que era un ser privilegiado. Sólo él y tal vez su círculo más cercano entendían que una enfermedad silenciosa y traicionera lo perseguía para inmiscuirse en su vida en los momentos más inesperados e inoportunos. Tupper no lo supo, pero su muerte permitió poner sobre la mesa una discusión que hoy, 26 años, sigue vigente. Muchos clubes tienen profesionales que se enfocan en la salud mental de los futbolistas o deportistas desde muy pequeños o pequeñas, no sólo para reducir el riesgo de una tragedia, sino para acompañarlos en un proceso que no termina nunca. Para que ellos y ellas entiendan que pese a tener algún trastorno de salud mental, pueden ser acogidos, acogidas y alcanzar el verdadero éxito, ese que se mide internamente y que no tiene nada que ver con los aplausos ajenos.

Tenemos que hablar de esto. Por Cabrera, Martínez, el "Mumo" y el "Morro". Por Robert Enke, el "Loco" Araya, el "Huevo" Toresani, Luis Ocaña. Por Mirko Saric, Ramiro Castillo, Gary Speed y Eduardo Bonvallet.

Tenemos que hablar de esto. Por todos. Por todas. Para que nunca más te digan “deprímete solo”, como algunas vez escuchamos, como si fuera una enfermedad contagiosa que se transmite por el aire y se soluciona con una píldora mágica.