Héroes inesperados

Nunca bautizamos a nuestro equipo. A nadie se le ocurrió buscar un nombre que nos identificara y jugar con ese apodo tatuado en la memoria. No hizo falta. Ninguno de nosotros era demasiado diestro con la pelota, pero jugábamos tanto, tantas semanas, tantos días, tantas vacaciones, que al cabo de un par de años habíamos logrado un engranaje colectivo que nos convertía en un equipo contundente. Nos conocíamos de memoria. Intuíamos cuando uno iba a perder la pelota y nos instalábamos en el lugar preciso para la cobertura. Sabíamos que Moreno era muy zurdo y siempre iba a enganchar para el mismo lado. Que al Chito Navarro había que entregársela al pie porque no corría demasiado. Que el Negro González era veloz, pero no tenía un pie educado, como dicen los siúticos. Mi hermano, eximio cabeceador, sabía que debía correr al segundo palo porque el Negro le iba a pegar fuerte y derecho buscando la cabeza de alguien. Sabíamos que Rolando era un sabueso en área rival. Si había un rebote, la iba a tomar y le pegaría como viniera, sin acomodarse demasiado.

Una tarde jugamos contra un equipo de la Población Santa Fe. El nuestro, compuesto por habitantes de la Guaiquillo y la Portales, todo en Curicó, debía trasladarse hasta el estadio ANFA, al otro lado de la ciudad. Llegamos 11, justo 11, así que no tuvimos el problema de pensar en titulares y suplentes.

Hice el primero, de zurda, mi pierna menos hábil, lo que es mi caso es un decir porque ninguna de las dos era demasiado hábil. El tanto despertó al contrincante que en poco tiempo nos hizo tres. Cuando quedaban diez minutos, Rolando anotó el inmerecido descuento. En los últimos minutos nos fuimos con todo arriba, olvidado estrategias o recaudos defensivos. Sólo meter la pelota en el área y esperar un rebote. El rival tenía bien custodiado a Moreno, al Chito, al Negro, a mi hermano, a Rolando. Hasta yo estaba bien marcado. Ante ese escenario, Millar, nuestro lateral izquierdo, tomó la pelota y con una dosis de desparpajo, irreverencia y, porque no decirlo, irresponsabilidad, cruzó a las líneas enemigas. Cuando la defensa se percató que entraba sin marca, ya era tarde. Sacó un puntazo clásico, un puntete de zurda poco elegante pero efectivo y metió la pelota en el segundo palo.

Nos encumbramos sobre él. Nadie, ni compañeros ni rivales, esperábamos que Millar se convirtiera en el héroe de esa gesta. Un héroe inesperado. Sacamos un digno empate, remontamos un duelo ante un equipo que era mucho mejor que el nuestro y regresamos dichosos por un resultado que nunca olvidaríamos.

Gabriel Rojas llevaba diez minutos en cancha en el clásico porteño. Él no sólo juega en Wanderers sino que es hincha de Wanderers. Ahí empezó a jugar. Ahí sigue soñando con ser grande. La noche anterior le dijo a Francisca, su pareja, que tenía un buen presentimiento. Al día siguiente estaba citado para ir al banco en el clásico contra Everton, ese partido que todo porteño y porteña quiere ganar. El partido estaba empatado, el rival jugaba mejor cuando el técnico Emiliano Astorga lo envió a la cancha. Casi no había tocado la pelota cuando la recibió a 30 metros del arco. Gambeteó a uno para quedar mejor perfilado y sacó ese zurdazo que nadie esperaba, ni compañeros ni rivales. Sólo él. El balón se metió arriba, imposible de atajar. Wanderers ganó el clásico merced a un héroe inesperado, que como mi amigo Millar, sorprendió a propios y ajenos con una zurda que llevaba potencia, ubicación y una carga inexplicable, una biografía, el sueño de ser héroe al menos una vez en la vida.

A eso, al menos yo, le llamo fe.

A veces las historias grandes nos regalan héroes inesperados, como Gabriel Rojas que sueña con crecer en el fútbol, como mi amigo Millar, que murió hace tanto, por cuyo gol todavía brindamos los que aún podemos sonreír, jugadores de ese equipo que ya no juega, pero que se sigue queriendo como antaño.