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Es cierto, el torneo chileno viene en baja hace mucho tiempo. Las razones son variadas, pero no es casualidad que coincida con el arribo de las sociedades anónimas al control de los clubes. Hay excepciones, por supuesto, entidades que trabajan bien, que no tienen forados económicos, que se preocupan de las divisiones menores, que entienden que el negocio del fútbol se mueve por derroteros inesperados y responde a lógicas diferentes a los manuales del mercado de capitales.

Pero son los menos. La mayoría entrega déficit en sus balances, no suministra demasiados jugadores a la competencia, tienden a nivelar hacia abajo. Ese círculo genera un descenso en el listón y se nota, con la crudeza de los resultados, cuando los equipos chilenos juegan torneos internacionales. La diferencia de ritmo y de intensidad es abismante y no sólo se percibe con los poderosos de la región. A nivel de clubes, los representantes del vecindario suelen darle pelea y superar a los nuestros. Clasificar a un cuarto de final de Copa Libertadores parece un objetivo mayúsculo, cuando alguna vez fue considerado un mínimo.

Acaba de arrancar el torneo 2022 y es de esperar que quienes toman decisiones ayuden a subir la vara. Quienes mandan en los clubes, sus dueños, principales accionistas, controladores. El torneo pasado la dirigencia nacional dio un triste espectáculo, sacando artilugios administrativos para que las dos principales divisiones del fútbol chileno se definieran en los pasillos. Más que buenos jugadores, sus principales refuerzos eran reputados abogados de la comarca. Pero ojo, esto no quita de responsabilidad a los clubes sancionados, tramposos, quienes no argumentaban inocencia para defenderse, sino que la trampa había sido cometida antes, pero no habían sido descubiertos.

Quienes toman decisiones en el comité de árbitros. Nunca los jueces habían tenido mayor colaboración por agentes externos como la tecnología. Nunca habían cometido errores tan groseros o exhibido un nivel tan paupérrimo como el 2021. Ojalá Javier Castrilli, mandamás de los árbitros, haya pagado el noviciado en sus primeros meses al frente del comité y ahora veamos desempeños a la altura. Tampoco es demasiado pedir.

Y decisiones en las nuevas autoridades que en marzo asumirán la primera magistratura. El deporte no ha sido un foco central para ningún gobierno, aunque el aporte económico del Estado hoy es sustantivamente más alto que el de algunas décadas. Se anuncian novedades importantes, como la obligación de que los clubes contraten en tres años a sus jugadoras (la mayoría de los planteles femeninos en Chile no tiene un vínculo con el club que representan) y la relación con un fenómeno que a ratos nos recuerda que sigue palpitando: las barras bravas. Entender esta problemática desde la respuesta inmediata pero también con la mirada larga es un pendiente de todos los gobiernos. Planes complementarios, no contradictorios, para un fenómeno que en Chile responde a dinámicas muy diferentes a las que se han estudiado. Porque las barra-bravas en Chile no son como las de Argentina, las de Colombia o las de Inglaterra. Responden a mecánicas diferentes, buscan objetivos de validación diferentes, tienen liderazgos diferentes, formas de reclutamiento diferentes.

Una de las máximas del nuevo Gobierno ha sido la propuesta de un manera diferente de ver la sociedad, desde lo económico hasta lo valórico. Eso debería rebotar en esta tierra de nadie que se llama fútbol chileno, donde el negocio sigue siendo que los grandes sigan siendo grandes y los chicos sigan siendo chicos. Y la idea de una competencia robusta no es esa.

Supongo.

El calendario parte el 1 de enero. Para muchos de nosotros, el año arranca con la primera fecha del campeonato.

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