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No quieren terminar con la violencia

Actualizado a

Dos equipos que juegan en Santiago tuvieron que trasladarse a Concepción para disputar un partido de la competencia local. Se permitió el ingreso de la afición de un equipo, el que nominalmente era anfitrión. A los 45 segundos se escuchó el primer bombazo de estruendo. En tiempos de las redes sociales usaron estas plataformas para anunciar que preparaban incidentes. Y ocurrieron igual.

Nadie hace nada. ¿Por qué? Porque no quieren. Más allá de las palabras, los diagnósticos, las mesas de trabajo, las reflexiones profundas. Nadie hace nada. Porque no quieren.

La tecnología existe. Los recursos existen. Saben de antemano dónde y cuándo van a ocurrir los actos violentos. Son extremadamente rigurosos con la mayoría de los hinchas. Se sancionan estadios y no personas puntuales, cuando todos saben quiénes son, cómo se llaman, cómo les dicen, la puerta por la que entran, la puerta por la que salen. Extrañamente no hacen nada para evitarlo. Nada.

Pueden, pero no quieren.

Un espectáculo privado que suplica por ayuda pública. La violencia excede por lejos el margen de una cancha o un estadio. Esto no es para exculpar los incidentes, sino al contrario. Es para entender que este es un fenómeno global que registra muchas causas y, por lo mismo, para acercarse a una solución, también requiere muchos factores de aplicación. Somos violentos. Agresivos. La capucha en una estadio se convierte en una cuenta de twitter con muchos números, foto ficticia y un arsenal de insultos a diestra y siniestra.

Los medios de comunicación también tenemos responsabilidad en este contexto. Por años vinculamos el aguante a un tipo de aficionado, alejándose del proceso como contexto.

Que les vaya bien con su mesa de trabajo. Llevamos 45 años viendo fútbol y este debe ser el peor momento en la historia en términos de seguridad. El fútbol está secuestrado. Y quienes podrían tomar decisiones para empezar a cambiar la historia, viven cagados de miedo.

Da lo mismo el color de la camiseta, la locación, las sanciones tibias, la irritante teoría del empate. En Chile no ha ocurrido una tragedia de milagro. Y los milagros no duran para siempre.

Pueden, pero no quieren. El resto es música. Y mala.