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No creo en santos ni demonios. En blancos o negros. En curas ni curados. No creo en esas historias donde las blancas paloma denuncian a los malvados ambulantes. Joseph Blatter anunció su renuncia a la presidencia de la FIFA cuatro días después de haber ganado su quinta reelección. Quinta. Y con sesenta votos de distancia con su rival, el príncipe Alí, a quien ya nadie recuerda. Sesenta votos. Una enormidad.

¿De un día para otro la FIFA se volvió corrupta? La respuesta es obvia. No. ¿Comenzó Blatter con esta dinámica de negocios turbios, decisiones incomprensibles, manejos oscuros, acuerdos entre cuatro paredes? No. ¿Son inocentes el resto de los dirigentes y funcionarios, quienes por años lo único que hicieron fue avalar, promover, proteger este sistema y adular hasta el hartazgo al timonel del fútbol mundial? No. Obviamente no.

El remezón al fútbol mundial es potente. Quizás el más duro de toda su historia. Pero reaccionar con asombro, con sorpresa supina, es al menos contradictorio. La FIFA lleva más de cuarenta años con este sistema, de prebendas y recompensas a cambio de votos, de millonarios acuerdos comerciales para trasladar mundiales a los rincones más recónditos del planeta. Un sistema donde la trampa, la tranza, el poder del más fuerte, era un asunto de cada día. Los dirigentes del ente rector de la pelota se ufanaban de ser los hombres más poderosos del mundo. Blatter tenía vía directa con los presidentes de las más grandes potencias, con los banqueros más poderosos del mundo, con los sponsor que controlaban todo menos el balón, con el Vaticano. Resulta ahora que el suizo es el único malo. Nadie vio ni escuchó nada. A mí que me registren.

Como efecto dominó, el escenario para Sergio Jadue es inestable. A pocos días del arranque de la Copa América, el mandamás del fútbol chileno ha sido cuestionado por sus propios pares. Muchas de las dinámicas usadas por Blatter, que provocaron su persecución por parte del FBI y su reciente renuncia, son las mismas que se usan en este lado del mundo. Se firmaron millonarios contratos con marcas deportivas, con canales de televisión para transmitir eliminatorias, bajo siete llaves. Nadie supo nada. A excepción del oferente y el directorio de la ANFP.

Pero Jadue no estaba solo. Hubo clubes que sacaron a la directiva anterior (por motivos económicos y políticos) y pusieron primero a Jorge Segovia y luego al dirigente calerano. Quisieron manejarlo como un títere, pero Jadue se desmarcó. Tomó voz propia, para bien o para mal. Esos clubes, con sus hombres fuertes, le hicieron una encerrona a espaldas de los otros socios, al timonel de la ANFP. Esos dirigentes, algunos con participaciones bien reñidas con la ética y la ley, exigen una transparencia y revisión total de todo. Ahora, que Jadue camina con paso propio y no hace lo que ellos le piden. Ahora, que es más fácil culpar a uno que a varios. Ahora, que el balazo no les llega en los pies.

Hay que aprovechar el empujón. La transparencia. El sinceramiento. La cordura. Para pedírselas a todos. Si el escándalo FIFA estallaba hace diez años, salpicaba a Reinaldo Sánchez. Si era hace cinco, el herido habría sido Harold Mayne Nicholls (19 años funcionario FIFA). Ahora le llega a un Sergio Jadue, cuyas respuestas no llenan de conformidad, cuyo paso al costado no solo parece una exigencia, sino el mejor consejo posible.

Hace un año, Jadue estaba en el lugar indicado en el momento preciso. Hoy es exactamente al revés.

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