27 de octubre del 2008

Era lunes. Rara vez se juegan partidos los lunes. Pero ese día era lunes. En la víspera se habían realizado elecciones municipales en todo el país. El campeonato estaba suspendido.

Curicó Unido se jugaba esa tarde en el estadio La Granja el partido más importante de su historia. Una bitácora escrita por algunos socios que en medio de su delirio, en el primer lustro de la década del 70, tuvieron la idea de reunir a todos los equipos de la ciudad en uno solo. Un equipo que lograra aglutinar voluntades y pasiones y crear una sola identidad. Fundaron Curicó Unido. Uno de esos geniales dementes fue mi abuelo Osvaldo Arcos Méndez, el socio número 5 del club.

Ese lunes era el final de una historia y el comienzo de otra. Me crie en ese estadio. En el antiguo. Ese de madera añeja, con los mismos porteros semana a semana. Ese del antiguo marcador y la pista de ciclismo al costado. Mi abuelo me llevaba a la cancha desde que aprendí a caminar. Me metió a la cancha. Al camarín. Era mi casa. Sigue siendo mi casa. Vi al equipo en Tercera, en Segunda, en Primera B. Si ganábamos ese lunes 27 de octubre del 2008, lo vería por primera vez en la división de honor, en la máxima categoría, en Primera División. Los gigantes que veía por tv llegarían a jugar a mi estadio. Ni siquiera en mis sueños alcanzaba a dimensionar eso. Yo me confortaba con ver jugar al Curi, al albirrojo de mi corazón, contra quien fuera. Es difícil de explicarle a los hinchas de equipos grandes el sentimiento de crecer sin ser protagonista. Sin querer serlo tampoco. Radicar tu sentimiento en otros valores. Aprender a porrazos. Con llantos. Perder mucho más que ganar. Y seguir queriendo. Querer todavía más. Nunca dejar de cantar. Nunca dejar de amar.

¿Y si perdíamos ese lunes? ¿Si el equipo de Marcoleta, del Chuleta Vásquez, Riquelme, el Cachi, el Mariachi Núñez, el Jota Albornoz, el de Bibencio Servin, del Guagua González, de Juan Carlos Muñoz no era capaz de vencer a Puerto Montt esa tarde? No pasaba nada. Nada que no hubiera ocurrido antes. Al domingo siguiente estaríamos igual. Algunos físicamente. Otros a distancia, con el oído y el corazón pegado a nuestra tierra. Porque nosotros no somos hinchas del Curi. Nosotros somos el Curi. El Curi es nuestro. No de un millonario inversor que se lo compró como quien adquiere un juguete, una prenda de ropa o un negocio lucrativo. Es nuestro. De los viejos y de los nuevos. De los que crecimos en el estadio que se caía, pero también de los actuales. En el Curi no sobra nadie. Por eso debemos cuidarlo.

Pero esa tarde ganamos. El Paragua Riquelme saltó por arriba de todos. Le ganó a todos. Acertó un cabezazo y provocó el grito de gol más eufórico y desgarrador que aún recuerdo. Lo grité tanto, con tanta fuerza, que estoy seguro que el socio número 5, que se había ido de este mundo pocos meses antes, lo escuchó con nitidez. Nadie merecía más que él estar ahí. Y no estaba.

El Curi no es mi equipo. No son mis colores. Es mi casa. Es mi familia. Es uno más en la mesa de mi almuerzo. Es mi infancia. Mi recuerdo más bello. Mi único panorama. Mi inquietud. Mi preocupación. Mi llanto. Mi alegría.

El Curi es mi amor.

Ese 27 de octubre del 2008 fuimos campeones. Ascendimos. Duramos poco. Pero eso nunca nos importó. Como dice mi amigo Claudio Olmedo, curicano hasta los huesos, yo soy siempre del Curi. Aunque gane.