Colo Colo y la nueva normalidad

Nunca es recomendable discutir sobre el bolsillo ajeno. Es impropio. Invasivo. Metiche. Tampoco es correcto generalizar. Eso conduce a una estigmatización. Cada uno sabe cómo y por qué hace las cosas. Hoy, cuando la situación del país camina inexorablemente a una crisis económica de proporciones gigantescas, el entredicho entre la dirigencia de Blanco y Negro y los jugadores de Colo Colo aparece como el ejemplo de un camino sin retorno. Para muchos chilenos cesantes, con empleos precarios, que han sufrido una drástica reducción de sus ya esmirriados salarios, ver posiciones estáticas entre personas que ganan mucha dinero versus otros que administran mucho dinero, parece tan grotesco como violento.

El archivo no muerde. En el 2002 Colo Colo quebró. Los motivos de su ruina no son razón de este artículo. Pero hay hechos concretos. Todos los trabajadores perdieron sus empleos y el plantel quedó reducido a su mínima expresión. El club se mantuvo con una continuidad de giro. Apenas sobre la línea de flotación. En el Monumental cortaron el agua por no pago, no una, sino varias veces. No había dinero para concentraciones y apenas se mantuvo en pie. En ese minuto se echó mano a jugadores jóvenes y los experimentados bajaron su sueldo de manera considerable. Fue una propuesta de los mismos futbolistas. Los que tenían un mejor pasar, los que habían jugado en el exterior y poseían mayores espaldas económicas, cargaron con el peso del club. Algunos meses no cobraron o cedieron casi toda su remuneración a los más jóvenes. El equipo terminó siendo campeón, pero el verdadero logro de ese año fue que la institución con más títulos en el país no cerrara sus puertas por fuera.

No estamos hablando de buenos contra malos, ángeles contra demonios. Hay una sociedad anónima deportiva (no olvidemos ese punto) que hoy administra pobreza. Porque con mucha plata en la caja es más fácil ser un gerente exitoso. Blanco y Negro gasta más de mil millones de pesos mensuales como costo operacional. 900 millones van destinados al costo de la plantilla. No todos ganan igual, por supuesto. Hay un grupo que gana mucho dinero. Bien ganado en relación a lo que producen, nadie lo discute. Son los protagonistas de la actividad. Sin jugadores no hay fútbol. Pero deben entender que en este país son unos privilegiados.

Nadie, ninguno de nosotros, quiere perder parte de su sueldo. Todos peleamos por lo que nos corresponde, ni más ni menos. Organizamos la vida con lo que ganamos y cuando eso cambia, se produce un colapso importante.

A todos nos ha pasado. Pero estamos en un país donde familias completas viven con la renta mínima. No podemos perder ese foco. Menos ahora. Hay maneras de parlamentar, formas de llegar a un acuerdo. Una de esas es comprender que mirar solo nuestro metro cuadrado, en un clima de incertidumbre global, es una posición egoísta, más aún si representan un escudo que se vincula con la historia más popular y republicana de esta nación. Lo mismo aplica para los administradores. No están al frente de una empresa como otra. Es diferente. El fútbol es diferente. Colo Colo es diferente.

En el Cacique se extraviaron las jerarquías hace un tiempo. Este grupo de jugadores tuvo problemas con José Luis Sierra, Héctor Tapia y Mario Salas. Diferentes edades, formas de comportarse, métodos y carácter. Este grupo de jugadores parecía solo congeniar con Pablo Guede, uno a quien el actual presidente le entregó atributos superiores a los que le correspondían a un entrenador del primer equipo. Guede hizo y deshizo. Y fue campeón, por supuesto. Y su equipo jugaba bien, sin duda. Y le dio tiraje a los jóvenes, quizás más que cualquier otro. Pero incubó un germen de insubordinación que es llamativo. Nadie pide que sean sumisos, nada peor que eso en cualquier ámbito de actividades. Pero los jugadores no arman los equipos, no juegan hasta la edad que quieren, no sacan y ponen entrenadores.

Muchos creemos que esta crisis social, que arrancó a finales del 2019, que pasó a ser una urgencia sanitaria mundial y que pronto remecerá aún más la economía, transformaría la forma de negociar, de tratarnos entre los diversos interlocutores. Pero vemos en este episodio, y en muchos otros, que eso no es así. Nada cambia. La pregunta es, si no cambiamos ahora, entonces cuándo.

¿Cuándo?