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Don Osvaldo nació hace un siglo

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Aún persisten dudas respecto a su real fecha de nacimiento y la localidad donde fue parido, pero existe relativo consenso en que don Osvaldo nació hace cien años. Al menos eso dice su partida de nacimiento. No alcanzó a vivir un siglo, pero casi.

Don Osvaldo era un hombre huraño, de pocos amigos, de esos a quienes les costaba demostrar el afecto con gestos o palabras. Lo hacía a través de acciones, estar pendiente de los suyos, buscar que sus hijos tuvieran mayor educación que la suya. Don Osvaldo era un autodidacta en el sentido más amplio de la palabra. Ejerció decenas de oficios sin ser experto en ninguno.

Don Osvaldo amaba el deporte. Intentó poniéndose bajo los tres palos de una portería. Una vetusta fotografía lo demuestra. Pelo engominado, traje negro, bigote acicalado, el balón atrapado por ambas manos. Pero no resultó. Siguió a la carga con el básquetbol y el tenis de mesa, pero no hubo caso. Lo que le sobraba en entusiasmo le faltaba en coordinación y motricidad fina. No claudicó. Siguió como árbitro de fútbol, carrera donde llegó a dirigir algunos partidos en Primera División y luego como dirigente de distintas ramas. Entendió don Osvaldo que para que los buenos exponentes ejercieran el deporte, se requería trabajo arduo fuera de la cancha.

En 1973, poco antes que el país se quebrara en mil pedazos, don Osvaldo y un grupo de dirigentes, ya grandes, maduros, que peinaban canas, decidieron unir los clubes que jugaban en su ciudad y fundar una sola institución que aunara voluntades. El nombre era obvio. Así nació Curicó Unido. Don Osvaldo era y es el socio número cinco. Su nieto mayor aún conserva el documento que lo acredita.

Don Osvaldo formó parte de diversas comisiones; disciplina, estatutos, fútbol formativo, coordinador del primer equipo. Recorrió el país con el equipo que jugaba en divisiones menores, esas que algunos despectivamente siguen llamando Los Potreros, pero que ni siquiera conocen de cerca. Don Osvaldo estaba en los viajes a San Antonio, en el denominado clásico de la amistad. Estaba cuando en Santa Cruz el bus fue apedreado tras un polémico encuentro y tuvieron que regresar con los jugadores entumidos pues el viento les golpeaba la cara en plena carretera sin oposición. Estaba cuando el club fue a Osorno a jugar una liguilla de la muerte para mantenerse en Segunda y se salvó gracias a que un joven delantero, recién llegado, hizo todos los goles. Se llamaba Luis Martínez y no sabía don Osvaldo que ese chico al que vieron jugar en un torneo amateur en Pichilemu se convertiría en el ídolo máximo del club.

Don Osvaldo nunca fue campeón. Nunca ganó. Nunca fue el primero en nada. Nunca recibió un trofeo. Nunca un galvano. Pero no le importó. Durante 35 años estuvo ahí, acompañando al equipo en las malas y las peores, porque en ese tiempo no hubo buenas. Don Osvaldo logró un milagro. Que sus hijos y sobre todo sus nietos se hicieran hinchas de un equipo que probablemente nunca sea campeón. Logró transmitirles un amor que no pide nada a cambio. Sólo da. Sólo entrega. Y que de vez en cuando sonríe.

Don Osvaldo murió en mayo del 2008, al día siguiente que su amado club le ganara a Arica en el norte. El equipo venía bien, pero don Osvaldo no quería entusiasmarse demasiado con la posibilidad de un ascenso. Ya lo había vivido y la frustración era un golpe duro que no quería repetir. Pero el entusiasmo es inevitable. Lo sientes. Lo percibes. En la cancha y en la vida. Pocas cosas nos elevan más que la ilusión.

El corazón de don Osvaldo se detuvo el 15 de mayo del 2008. Al día siguiente Curicó venció a Coquimbo por 1-0. Sus restos están sepultados en el Cementerio General de Curicó que, para quienes no saben, colinda con el estadio. Su féretro está orientado mirando la cancha. Se fue con flores, lágrimas, recuerdos y una camiseta albirroja.

Meses después de su muerte Curicó lograba su primer ascenso, un 27 de octubre. Don Osvaldo no lo vio, pero sí lo hicieron sus hijos, sus nietos, quienes lloraron hasta que las lágrimas se extinguieron porque la persona que más se merecía estar en ese lugar, no estaba.

Para los creyentes, don Osvaldo mira desde algún lugar una campaña que hoy ilusiona, que enciende, no sólo por los resultados sino porque rescata lo más genuino de ser curicano. Jugar, luchar, defender un escudo que no se ha vendido a las grandes empresas y no transa en bolsa. Como los verdaderos sentimientos, eso que se sienten y no se explican. Quiero pensar que eso es amor. Algunos esperamos cuarenta años para sentirnos como nos sentimos hoy.

Don Osvaldo nació hace cien años, en una fecha y lugar difícil de determinar con precisión. Es recordado, tanto así que su nieto mayor le dedica esta columna y le ofrece disculpas a la audiencia por no hablar de los equipos grandes, de la selección, de los árbitros, de los representantes. Pero siente que sabrán comprender porque está seguro que todos y todas tenemos un Don Osvaldo que nos cambió la vida y a quien le dedicamos todos los días que transitamos en esta Tierra.