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Leonel que estás en el cielo

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Si fuiste un grande, habrá un minuto de silencio en tu memoria en las canchas de tu país el día de tu muerte. Si fuiste más grande, la nación se conmoverá con tu partida y prepararán homenajes del pueblo que tanto quisiste. Pero sólo si fuiste demasiado grande, tan grande como Leonel Sánchez, cientos y miles de personas acudirán a tu despedida, la mayoría sin haberte visto alguna vez en una cancha de fútbol. Leonel fue tan grande que no tiene límites. La mayoría de las personas que han asistido a su velorio y despedida, conocieron su leyenda a través de padres, abuelos, generaciones superiores. Leonel es de esos pocos que superó los márgenes del tiempo y la distancia. Leonel no tenía dimensión.

Están los datos duros, las estadísticas. Hizo 167 goles jugando por la Universidad de Chile y colaboró como asistidor en la mayoría de los 199 tantos que convirtió Carlos Campos, el goleador histórico de los azules. Fue goleador de un Mundial, estandarte de una selección que fue tercera del mundo, capitán en Inglaterra ‘66, anotó uno de los goles más legendarios en la historia del balompié nacional, cuando en Arica sentenció la justicia divina con un tiro libre que superó al mejor arquero del mundo, el soviético Lev Yashin.

Leonel fue un grande por eso, pero sobre todo por lo demás. Leonel fue grande porque representaba a un Chile diferente, uno donde el color de la camiseta te distinguía, pero no te convertía en enemigo, un Chile donde blancos y azules, azules y blancos, se abrazaban tras el partido, felicitando al ganador de turno. Un Chile en donde el esfuerzo colectivo valía mucho más que el mérito individual. Un Chile abierto, tolerante, republicano. Un Chile tan inmenso como Leonel.

Leonel le pegó un puñete a estadio lleno a un defensor italiano que lo había castigado con severidad extrema. No sabía el europeo que Sánchez practicaba boxeo, afición heredada de su padre quien sí se puso los guantes arriba de un cuadrilátero.

Leonel inspiraba a generaciones posteriores. Hablar con él era repasar la historia de primera fuente. Siempre amable y atento, sus ojos se llenaban de lágrimas cuando evocaba algún partido inolvidable o a algún compañero que ya no estaba.

Leonel no necesitaba presentarse con su apellido, porque decir Leonel era referirse a él, sin titubeos. Han pasado seis décadas desde la hazaña del ‘62 y sigue recibiendo el homenaje y tributo de tantos que no lo vimos jugar pero conocimos de boca en boca, de oído en oído, de corazón a corazón.

Despedir a Leonel es decirle adiós a un trozo de nosotros mismos. De nuestros padres, abuelos, de nuestros vecinos. Despedir a Leonel es tan justo como necesario. Leonel es de todos. Y todos somos un poco Leonel.

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