Existió una vez un futbolista

Existió una vez un futbolista que podía hacer lo que otros pensaban. En realidad podía mucho más que eso: hacía lo que otros ni siquiera imaginaban. Un futbolista que dejó estrecho el diccionario en el apartado de los adjetivos pues ya no había forma de calificarlo.

Existió una vez un futbolista que recibió de golpe y porrazo la atención de toda una nación primero y de todo un planeta después. Los hinchas, la afición y los medios depositaron en su pierna izquierda esperanzas que excedían los límites de una cancha de fútbol. Este zurdo, regordete, de cabello rizado y mirada pícara, debía recuperar el honor mancillado de un país que había sufrido demasiado por una guerra inventada y una dictadura sangrienta.

Existió una vez un futbolista capaz de conmoverme como no lo ha conseguido ningún otro. Un jugador que a los ocho años me hizo festejar un gol que no era de mi equipo ni de mi país. Esa inexplicable reacción me ocurrió cientos de veces con el mismo jugador y aún me sucede cuando, de tanto en vez, repaso sus mejores jugadas, embobado por lo que veo, como un niño expuesto a genuina magia.

Existió una vez un futbolista cuyo mito comparto con mis hijos, quienes escuchan con paciencia la misma historia repetida mil veces. La leyenda dice que en una villa nació, fue deseo de Dios, crecer y sobrevivir a la humilde expresión. ¿Cómo no quererlo, si este futbolista hacía lo que nosotros sólo imaginamos? ¿Cómo no quererlo si marcó los años en que descubrimos que la pelota era el mejor invento de este mundo? ¿Cómo no quererlo si levantaba banderas de los que habitualmente nadie escucha y nadie ve? ¿Cómo no quererlo si seguimos hablando de él en presente y murió hace casi un año? La verdad es que hay muchas razones para no quererlo, pero simplemente no podemos, no queremos.

Un 25 de noviembre murió. Una parte de él murió hace mucho más tiempo. La versión que componía en la cancha una partitura imposible de predecir. La que en un mismo partido hizo el gol más tramposo que se recuerde en un Mundial y minutos después anotó el gol más lindo que se recuerde en un Mundial. Así era. Una moneda que siempre mostró dos caras, no sólo la conveniente, la simple, la unánime. No. También vimos la feroz, la que metió la mano y uso a Dios como coartada para ser perdonado.

Existió una vez un futbolista que respondió a su momento en el tejido de la historia. Un cuento que comienza en Villa Fiorito, recorre el planeta y no termina jamás. La historia de un héroe, un antihéroe, de un ángel, de un villano, de un demonio, de un artista, de un monstruo, de un rebelde, de un artesano, de un adicto, de un enfermo, de un sobreviviente, de un santo.

Es la historia de un hombre.

Su historia es también la nuestra, la de quienes sobrevivimos a esa vorágine infernal donde la serenidad no tuvo espacio para acoger a un chico y quizás lo único que quería era jugar a la pelota.